“¡SEÑOR! ACUÉRDATE DE MÍ CUANDO ENTRES EN TU REINO” (Lc 23, 42)

¡Oh! Dimas, mi buen ladrón, yo te amo. ¡Me has enseñado tanto!¡Es tan consolador contemplarse en ti!

¿Qué has hecho para alcanzar de Jesús promesa inmediata de vivir y reinar eternamente?

Tú, que tenías que odiar a ese Jesús, pues por su causa perdiste la oportunidad de ser libertado en permuta con Barrabás.

Tú hiciste que, antes que a la Madre querida, Jesús te hablara desde la cruz. A ti, el hijo perdido.

Todo empezó cuando, olvidado de tu dolor, pusiste los ojos en la Madre de aquel crucificado. No entendías aquellas lágrimas sin odio. Tú habías estado maldiciendo a su hijo y Ella te miraba con ternura.

Y ahora, el Hijo clamaba al Padre pidiendo perdón para los que tenían que ser sus enemigos. Fue la gracia definitiva.

Al olvido de ti, siguió el reconocimiento de tu miseria: «Nosotros estamos aquí justamente condenados». Y reconocer que la cruz es justo castigo, siendo la cruz el más horrible de los tormentos de muerte, supone aceptar toda la inmensa miseria de tu vida.

Pero tu confianza llegaba a los límites de la audacia. Y pediste un recuerdo de aquel Rey coronado de espinas, que tapaba tu desnudez con manto de sangre. Sólo tú, mi buen ladrón, rasgando apariencias, descubriste al Rey del Universo.

A tu confianza audaz, respondió la misericordia infinita de quien te había escuchado, agradecido, compadecerte de Él: «…pero éste, ¿qué mal ha hecho?»

Y aquel Divino Corazón, que iba a decir a un alma santa: «No me importan las miserias, lo que quiero es amor. No me importan las flaquezas, lo que quiero es confianza», se volcó en ti. Miserable criminal le pediste un recuerdo y te prometió el Paraíso.

Las palabras: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso», me dicen que una vida de pecado y crimen puede transformarse por la misericordia divina. Tu dolor, compasión y confianza lograron borrar los pecados y las más horrendas bajezas de un malhechor, hasta abrir las puertas a la presencia del Dios Santo.

En el día de la resurrección de la carne, te gloriarás de haber estado con Cristo clavado en la cruz. Y de que llevas en tu cuerpo los estigmas de la Pasión. La inmerecida cruz de Jesús santificó la por ti bien merecida. Esto me arrebata en confianza y amor agradecido. Pongo como tú los ojos en la Madre y el crucificado para decirle:

Dame también a mí, Señor, tu gracia para no perder el ánimo de esperarlo todo de tu Bondad. Para no perder el valor de decirte, aun cuando yo fuera el pero de los criminales: ¡Señor! Acuérdate de mí cuando entres en tu reino.

Abelardo de Armas