“MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO”. LUEGO DICE AL DISCÍPULO: “HE AHÍ A TU MADRE” (Jn 19, 26)

En mi anterior Agua viva correspondiente al mes de febrero, exhortaba al lector a presentar al Padre de los cielos toda la miseria humana, y no olvidarse de realizarlo a través de la Madre que, llena del Espíritu Santo, nos recibía como hijos al pie de la Cruz.

Para confirmar esa maternidad de la Virgen he escogido una cita bellísima de Orígenes, en su Prefacio al Evangelio de San Juan.

«Nos atrevemos a decir que las primicias de las Escrituras son los Evangelios; las primicias de los Evangelios, el Evangelio de San Juan. Y nadie puede captar el sentido de este Evangelio si no ha recostado su cabeza sobre el pecho de Jesús o si no ha recibido de Jesús a María, para que sea su Madre.

«Es decir, es preciso que en todo seas tal que te trueques en otro Juan y que, como Juan, manifiestes tú también que Jesús vive en ti. Pues si es cierto y nadie puede discutirlo, que María no otro tuvo hijo que Jesús, al decirle Jesús a su Madre: “He ahí a tu hijo”, y no: He ahí otro hijo; o mira éste también es hijo tuyo, es decirle claramente: “Mira este es Jesús, el hijo que engendraste”».

« En efecto, el perfecto cristiano ya no vive él, sino que vive en él Cristo. Y en razón de que vive en él Cristo, se dice de él a María: «He ahí a tu hijo, a tu Jesús»». (Orígenes, In Jn Praef. 6).

Querido lector, medita y contempla lo que acabas de leer. Jesús vive en ti. Eres otro Jesús para la Virgen. Así lo ha entendido Ella perfectamente en este testamento que Jesús la hace desde la Cruz. «Ahí me tienes a mí, a tu Jesús, a tu hijo, el que engendraste».

Lope de Vega cantará poéticamente:

«Mujer, ahí tienes a tu Hijo.
Y a Juan: He ahí a tu Madre.
En Juan quedas Jesús Cristo.
¡Ay, Dios, qué favor tan grande!
»

Sí, qué inmenso favor: vives en mí. Te has quedado en mí. Pero, qué gran responsabilidad, porque también te has quedado en el prójimo que tengo a mi lado.

Y con cuánta gente me cruzo en la calle, o convivo estrechamente, en la que Jesús clama como en la Cruz , ¿por qué me has abandonado? Y ahí, no es del silencio del Padre de los Cielos de quien te lamentas, sino de la ausencia de amor en corazones humanos por los que mueres, y amas a cada uno como si fuera todo el Universo.

Reaccionemos y digamos a este Jesús crucificado:

«No te sientas solo y abandonado en nuestro corazón; toma toda mi miseria, lo único mío que te puedo ofrecer, y toma toda la miseria humana. Preséntala al Padre de las Misericordias y dile en mi nombre y en nombre de todo el género humano que nos perdone, porque no sabemos lo que hacemos. Y te lo pido refugiándome en los brazos de la Madre que me entregas desde la cruz. Ella te mira, calla y llora».

.

Abelardo de Armas