“SE ALZARÁ COMO BANDERA PARA LAS NACIONES” (Is 11, 2-10)

Sobre la profecía de Isaías trazamos las líneas de este «Agua viva». La frase del profeta nos llevará a la imitación. Si seguimos a Cristo, si somos sus fieles seguidores, hemos de ser bandera, enseña, guía de quienes nos contemplan.

La bandera es símbolo de la patria, el ideal, programa de lucha y de victoria. Está bordada con besos, sacrificios, lágrimas, esperanzas, servicios, heroísmos.

«Tremolará Dios una Bandera a la faz de todos los pueblos. Se alzará para las naciones. Le buscarán las gentes. A Él vendrán» (Isaías).

Pero... ¿en dónde la encontraremos?¿En qué cima o en qué mástil?

«Cuando sea levantado en lo alto, todo lo atraeré hacia mí» (Jn 3,14). Y fue levantado en la Cruz.

En la cima del Calvario, en el mástil de la Cruz puso el Señor su bandera. Y allí rescató a su pueblo. En torno a esta bandera reunió a los dispersos de todo el orbe (Isaías).

Y fue levantado tan alto que todos le ven. Tan expresivo que a todos interpela. Cristo crucificado es nuestra bandera. Vemos nuestra bandera sangrante; miramos y creemos en su amor. Sentimos dolor y somos salvados.

Jesús crucificado es bandera de gozo, de paz y de victoria, porque es nuestra justicia, redención y salvación. Empapada en sangre, pero no de hermanos, sino la propia de un Dios redentor.

Cristo es bandera de paz. Nos pacificó con la sangre y nos hizo un «hombre nuevo» al reconciliarnos por la Cruz con Dios (Ef 2,14). Pero es también bandera de victoria: «Gracias a Dios que nos da la victoria por Nuestro Señor Jesucristo» (Prudencio).

Paz, victoria, salvación, esperanza, gozo, justicia, santidad, pero en el Cantar de los Cantares el Espíritu Santo dice: «Enarboló mi Amado ante mis ojos, la Bandera del Amor».

Y es que esta Bandera la comprendemos cuando ante nuestros ojos se alza Cristo crucificado. Por eso San Pablo grita a los Gálatas: «¡Insensatos!¿Cómo podéis dejaros fascinar por otra bandera? Vosotros ante cuyos ojos os presenté a Cristo y éste crucificado» (Ga 3,18).

San Juan de Ávila nos dirá y con esto acabamos nuestras reflexiones: «No se puede subir más el amor que donde Tú lo has subido. Has amado a los tuyos hasta el fin del amor, pues amaste hasta donde nadie llegó ni puede llegar» (BAC. Vida y escritos, p. 475)

Abelardo de Armas