“Y ENCONTRARON AL NIÑO CON MARÍA SU MADRE” (Mt 2, 11)

Existe un gozo superior a todos los de la tierra. Es el gozo de encontrar a Jesús en brazos de una Madre que nos lo entrega con deliciosa ternura.

Ahora lo encontramos por la fe. Cuando lleguemos a la Navidad eterna del cielo, lo haremos en la visión. Y cuando veamos lo que ahora se nos oculta tras un velo, completaremos la alegría y la paz en que ya, ahora, nos inunda la fe.

Pastores y Magos, al hablar del Niño, se llenaron de inmensa alegría. Un Niño al que no recibió Belén, símbolo de la frivolidad. Ni Herodes, apasionado por el mando. Tampoco lo recibió Jerusalén, que se alborotó como se asustan los que quieren quedar bien con los hombres y con Dios.

Pastores y Magos encontraron a Dios. Belén, Herodes, Jerusalén, no le recibieron.

Pastores y Magos corrieron la gran aventura de la fe. Porque hace falta mucha fe para creer que Dios ha nacido en un establo —único lugar donde hay pesebres—. O para dejarlo todo y caminar en pos de una estrella.

A los ojos de la prudencia humana, acertaron los que se quedaron en casa. Pero la fe salta siempre por encima de lo razonable.

Pastores y Magos fueron unos exagerados. Como lo han sido los santos. Los santos han sido todos exagerados, y no prudentes según el mundo. Por eso, Pastores y Magos corrieron —los primeros— y caminaron largas y penosas jornadas —los segundos— en la misma aventura de la fe. No fueron defraudados y encontraron al Niño envuelto en pañales y en manos de la Virgen. Y descubrieron a Dios.

«Oh Virgen digna de ser Madre, del Dios eterno en todo igual al Padre» (Cantiga de la Edad Media ).

Acércate tú como Pastores y Magos. Corre también la gran aventura en que la fe empuja hacia el amor. Es decir, sal de lo tuyo, ponte en camino y déjalo todo si quieres encontrar al que lo es Todo.

Déjate a ti mismo. Y dalo todo. Todo lo que tienes y que es tuyo porque lo recibiste gratis. Fíjate bien: dalo todo. Y tú también. Porque para encontrar el gozo de Dios no basta dar. Hay que darse.

No viene buscando tus cosas, sino a ti mismo. Dale tu corazón donde está todo lo que eres y lo que tienes. Hazte, también tú, niño en brazos de la Virgen Madre. Acaba de una vez por abandonarte en Dios. El abandono es el final del camino de perfección de los santos. Abandonarse es, pues, empezar por donde ellos acabaron.

Siendo esto tan sencillo, ¿qué nos detiene? Hagámonos uno con ese Niño y dejémonos llevar al abandono en tan maternales brazos. En tales brazos y con tal compañía ¿qué temer?

«Jesús lo es todo. De suerte que al dejar todas las cosas por Jesús, en Jesús lo encontramos todo» (San Jerónimo). No dudes, corre con Pastores y Magos la gran aventura de la fe. Hallarás a Jesús con María su madre. Y tu corazón se llenará de inmensa alegría.

Abelardo de Armas