“Y EN LA TIERRA PAZ A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD”

Han pasado bastantes años desde aquella Navidad. Estaba yo viviendo una experiencia apostólica en un sanatorio antituberculoso cuando me llamaron desde la habitación 111. Era Nochebuena y los enfermos que habían quedado aquella noche eran muy pocos. Los más graves, los que no podían pasar las fiestas en casa.

En la habitación donde me reclamaban encontré dos de los enfermos residentes. Uno en cama, el otro le hacía compañía, aunque por su mal estado debiera permanecer en su cuarto. Resoplaban fatigosamente, cada uno con una copa ya vacía y dispuestos a llenarla de nuevo.

«Brinda con nosotros», me dijeron. «Y cántanos algo.

Eso es, cán-ta-nos algo. Es Nochebuena, Sííí, nues-tra úl-ti-ma No-che-bue-na». «Cántanos y brin-da con nos-o-tros».

Mientras cantábamos un villancico, las lágrimas corrían por sus mejillas. Uno de ellos me había dicho hacía muy poco: ¿Por qué sufrir?¿Por qué el dolor? Quiero vivir. Quiero vivir. Todo invita a vivir. Y yo… (unos meses más tarde empezó a vivir para siempre).

Cuando les dejé me fui a la capilla. No había nadie. Sólo el Jesús del sagrario en aquella noche santa. Sentimientos de soledad en mi corazón por la escena que acababa de dejar, y porque Jesús nacía de la Virgen María para un mundo frívolo que no recibía a su Dios.

Pensé en Belén, vi al Niño colocado en el Pesebre. Es la Luz. Nace la Luz y las tinieblas no la comprenden.

Este Niño estaba en el cielo. Donde se desconoce el dolor, la pobreza, el sufrimiento. En la tierra abundan, pero se desconoce su valor. Por eso viene a abrazarse con el dolor. Toma de lo mío para darme de lo suyo. Haciéndose pobre me enriquece. Cabeza de un cuerpo pecador, va a tomar el pecado, la maldición y la muerte que no le corresponden, para que yo encuentre el perdón y la Vida.

Su cuerpecito de Niño tiembla de frío. Pronto sentirá sed, hambre, cansancio, abandono y soledad. Todo el dolor del mundo y de todas las épocas lo va a abrazar Él para presentarlo al Padre. Porque viene a salvarnos redimiendo, es decir, ocupando mi lugar.

Entonces comprendí que el sufrir de mis amigos enfermos, todo el sufrir de todos, estaba allí. En ese Niño Dios que acabaría en Cruz.

Vi a la Virgen adorando en silencio. Entendí su asombro y su pena. «Viene a los suyos y los suyos no lo reciben».

En tanto los ángeles anuncian la gran noticia: «Os ha nacido el Mesías, el Salvador». «Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».

Hoy, como hace años, vuelvo a tener sentimientos encontrados. Gozo y tristeza. Esperanza y dolor. Reino de los cielos y perdición eterna. Camino estrecho que conduce a la vida y sendas amplias de muerte eterna. Este Niño es signo de contradicción. Unos lo reciben y otros lo rechaza; aunque Él a todos ama y por todos nace y muere.

Me vuelvo a la Madre y pongo en Ella toda mi confianza. Tan dulce y tan buena para todos, apiádate. Vida, dulzura y esperanza nuestra. Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Para que nosotros los volvamos al Hijo de tus entrañas, al Niño de Belén que nos invita a hacernos pequeños y volver a la casa del Padre, mientras sus ojitos llorosos y sus bracitos en cruz parecen decirnos: «El Amor no es amado».

Abelardo de Armas