“AHÍ TIENES A TU MADRE” (Jn 19, 27)

Estamos en el momento supremo de la Redención. Jesús , colgado en la Cruz , se ha dirigido a su Madre y al discípulo a quien tanto quería.

«Ahí tienes a tu Madre». Y desde aquel mismo instante, Juan recibió a la Virgen por madre suya.

¡Cómo destaca el Evangelista que la recibió por suya!¡Era tan grande lo que Jesús le entregaba! La donación de la Virgen María por Madre nuestra era la culminación, el remate final del amor de Dios por ti y por mí. Por esto, Juan nos dirá a continuación: «viendo Jesús que ya todo estaba cumplido…» Es decir, entregando a su Madre, Jesús ponía colofón a su obra salvífica.

Pero a mí me gustaría destacar que, en Juan, en ti y en mí, la Virgen recibió al mismo Jesús que había engendrado en sus virginales entrañas.

La Madre de Dios es mi Madre y me ama con el mismo amor que amó a su Jesús. Ella no ve en mí cosa distinta de Jesús.

Y como temo no saber expresarme con la debida claridad, expongo a continuación este bellísimo texto de Orígenes: «Nos atrevemos a decir que las primicias de las Escrituras son los Evangelios; las primicias de los Evangelios, el Evangelio de San Juan. Y nadie puede captar el sentido de este Evangelio si no ha recostado su cabeza sobre el pecho de Jesús o si no ha recibido de Jesús a María para que sea su Madre».

«Es decir, es preciso que en todo seas tal que te trueques en otro Juan y que como Juan manifiestes tú también que Jesús vive en ti. Pues si es cierto, y nadie puede discutirlo, que María no tuvo otro hijo que Jesús, al decirle Jesús a su Madre: “He ahí a tu hijo”, y no: He ahí otro hijo, o mira, éste también es hijo tuyo, es decirle claramente: “Mira, éste es Jesús, el hijo que engendraste”.

En efecto, el perfecto cristiano, ya no vive él sino que vive en él Cristo. Y en razón de que vive en él Cristo se dice de él a María: He ahí a tu hijo, a tu Jesús» (Orígenes in Jn. Praef. 6).

¿No es para volverse loco de amor y alegría? Lo que tanto podemos desear y vemos tan lejano: ser otro Jesús, otro Cristo, lo ve en mí la Virgen Madre. Soy otro Jesús a sus ojos, y como tal me recibe, me ama, me cuida.

Nada mueve tanto el corazón a amar como el sentirse amados. Si captamos esta maternidad de la Virgen sobre nosotros, la recibiremos como a tal Madre. Este término, recibir, lo emplea el Evangelista Juan en el prólogo de su Evangelio como condición esencial que nos concede la potestad de ser hijos de Dios (Jn 1, 12). Ahora, junto a la Cruz , remacha la necesidad de recibir a la Virgen por Madre en orden a esa misma filiación divina con la que Jesús corona la Redención.

Por tanto, no se trata sólo de saber que la Virgen es Madre nuestra, sino de recibirla como tal Madre, entregarse confiadamente a su acción maternal en nosotros. Quererla con locura y dejarse querer.

Que Ella misma nos conceda tan inmensa gracia.

Abelardo de Armas